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Morse II

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Morse I

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Morse

Desde pequeña, siempre me ha gustado guardar secretos. Buscaba escondites imposibles e inventaba complejos códigos para ocultar mis secretos en cientos de notitas repartidas por todos los recovecos imaginables de la casa. Muchas de las notas terminaban por aparecer: algunas, tan pronto como mi madre abría algún cajón o barría debajo de las mesas; otras me sorprendían años después, acurrucadas en algún bolsillo u olvidadas en el fondo polvoriento del armario. A veces me pregunto cuántos secretos seguirán a salvo en sus refugios. ¿Cuántos se habrán perdido para siempre, devorados por las polillas, o por el aspirador? ¿Arrastrará el plumero algún trozo de papel al limpiar la balda más alta de una estantería? ¿Entre las páginas de qué libro se camufla una diminuta tarjetita doblada? Cuando fui un poco más mayor, adquirí la costumbre de escribir mis secretos en morse. Supongo que porque me parecía un código poco transparente, pero al mismo tiempo fácil de aprender y de recordar. ...

Sin título

Quizás           solo quiera                           caer y que otro se encargue de barrer el estropicio.

Miénteme

A punto de perder los estribos, chilló para hacerse oír por encima de la tormenta: —¿Y qué quieres que te diga? ¿Eh? —Confesó— ¿Que es verdad? ¿Que he sido un estúpido? ¿Que no debería haberlo hecho?

Suerte

—¿Suerte? Espera, espera, espera —señaló el gigantesco edificio, presa del pánico—… Te estás enfrentando al mundo entero. ¡Tu enemigo es el jodido MUNDO! Tienen armas, tienen estrategas brillantes, tienen una fortuna… ¿Y tú no tienes ni siquiera un plan? Pretendes salir de esta… ¿¡Con suerte !? ¡No puedes ganar solo con suerte! Sin perder la calma ni por un segundo, resopló y sentenció, con voz suave aunque ligeramente desafiante: —«Puedes ser el hombre más fuerte del mundo. Pues ser hábil y valiente. Puedes hacer trampas. Puedes conocer todos los secretos de este aciago mundo y ser casi invencible. Pero ningún poder tiene nada que hacer contra la suerte.» Reflexionó. Pensó en todas aquellas ocasiones que había visto cómo escapaba de las frías garras de la muerte sin hacer absolutamente nada. De forma casi divina. Recordó cuántas veces el Azar había intercedido a su favor para despejar milagrosamente su camino. Cuántas veces murmuró que la suerte es aterradora. —No impor...

Memoria migratoria

Érase una vez un asesino en serie. Él siempre había querido serlo, pero lo cierto es que había tardado mucho en encontrar un buen momento para dedicarse a ello.

Vigorexia

Érase una vez un asesino en serie. Él siempre había querido serlo, pero lo cierto es que había tardado mucho en encontrar un buen momento para dedicarse a ello.

El gran día

Las lágrimas de la preciosa joven caían y brillaban a la luz anaranjada de la tarde mientras la nodriza terminaba de engalanarle el blanquísimo velo de tul con las ardientes hojas rojas de las parras del amo. Sus facciones, perfectas como las de una muñeca de porcelana, parecían aún más celestiales envueltas aquel manto de nieve y fuego. La muchacha, desesperada, tuvo que preguntarlo una vez más:

El reflejo

— ¡Ven de una vez!  — gritó ella, desde el baño. — ¿Qué pasa...?  — dijo él, asomándose desde la cocina. — Ven, que quiero preguntarte algo.

El médico

El médico entrelazó sus manos, pensativo. Los papeles que debía firmar estaban repartidos por el escritorio de su despacho. Horas pudo pasar inmóvil, con los ojos cansados, fijos en las letras pero sin llegar a leer nada. No tenía fuerzas, o tal vez no tenía ganas. Pero el médico no podía hacer otra cosa. Pensar y pensar. A veces en algo, otras veces dejaba la mente en blanco y no pensaba en nada. No obstante, la pereza, la sensación de pesadez, no desaparecían. Y continuaba quieto, recostado sobre su mesa. Enlace de compra (Amazon)