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Mostrando las entradas etiquetadas como Romántico

Un Norbabús en París (Segunda parte)

María sacó su móvil del bolsillo interior de su plúmax y desbloqueó la pantalla para ver la hora. —Deberíamos ir tirando, a ver si las Pacas han terminado la cola. Valentina asintió y ultimó unos segundos apoyada sobre la barandilla, donde los reflejos del sol cincelaban su hermoso perfil bronceado como si fuera un busto de mármol renacentista. Se abrieron paso a fuerza de Excusez-moi por aquí, Excuse me por allá y algún que otro firme ¿Te importa?, que parecía ser lo único verdaderamente eficaz para los grupos dispersos de españoles que se apalancaban frente a las puertas. Al doblar una esquina, Valentina se puso de puntillas para tratar de divisar a las profesoras en la cola de la taquilla para comprar las entradas para acceder al tercer y último piso de la Torre. Las dos profesoras de francés del instituto y responsables del intercambio eran dos mujeres bajitas de mediana edad que, por extraña casualidad, compartían el simpático y algo arcaico nombre de Francisca; por esto y por la ...

Un Norbabús en París (Primera parte)

Tras una mañana de lluvia intensa y la amenaza de relámpagos en el horizonte, aquel mediodía brindaba por fin un sol tímido que esquivaba dispersas y esponjosas nubes para iluminar con luz tenue la emblemática ciudad de París. El viento, sin embargo, no daba ninguna tregua: unas ráfagas gélidas y furiosas esquivaban y envolvían a las decenas de turistas que se apelotonaban en el segundo piso de la Torre Eiffel. María se abrazaba a sí misma, apretando contra su cuerpo su viejo plúmax beige, y se frotaba los antebrazos mientras movía los pies en el sitio, con escasa esperanza de lograr entrar en calor. —¿Quieres estarte quieta? —dijo Valentina. —No —respondió, secamente—. Cada vez que los chinos se asoman a la barandilla, dejan un flanco abierto y pasa la corriente. ¡Se me mete el aire hasta en las bragas! Valentina rio mientras seguía moviendo el móvil por encima de su cabeza en busca de cobertura. María cogió a su nueva amiga del brazo, en un gesto firme pero afe...

Miénteme

A punto de perder los estribos, chilló para hacerse oír por encima de la tormenta: —¿Y qué quieres que te diga? ¿Eh? —Confesó— ¿Que es verdad? ¿Que he sido un estúpido? ¿Que no debería haberlo hecho?

Escarcha

Los geranios del jardín reflejaban el invierno. Un cielo gris y frío se dibujaba en las grandes hojas. De las flores rojas, tan pobladas en primavera, solo quedaban un par de pétalos mustios. Los geranios llegaban al final de sus días. Las que habían sido unas plantas tan queridas, se inclinaban suavemente, casi de forma imperceptible, con serenidad, resignadas, pues sabían que no llegarían a ver de nuevo el sol estival. Sí, aquel sería el último invierno de los geranios...

El Contratista de la flor de papel

Se cuenta que, allá por el siglo XIX, había hombres y mujeres que se dedicaban a todo aquello que no podía hacer nadie. Los Contratistas, quienes arriesgaban sus vidas por a saber qué extravagante y misterioso fin. Que no tenían ataduras hacia nada ni nadie, ajenos a la ley convencional y, seguramente, carentes de ninguna. De los que eran tan solo un puñado en este mundo, los pocos, se dejaron la piel para conseguir el título; los muchos, la vida. Nadie sabe cómo, en qué lugar, quién era el supervisor de tan brutal prueba, ni en qué consistía. Muchos se preguntan, si acaso existiese, dónde estaría su gremio. Tal era la fuerza y habilidad que mostraban, que a veces la condición humana no era bastante para contentar a los narradores de las historias, las leyendas populares y los mitos que terminaron convirtiéndose en el velo que cubrió tan inconcebible oficio. Así, los Contratistas acabaron debatiéndose entre la admiración, respeto y profundo miedo de algunos y el escepticismo, incr...

Viuda negra

Lo más duro que hice en mi vida fue renunciar a lo que quería. No volveré a hacer algo así. Jamás. Contemplo horrorizada el líquido rojo brotando a borbotones del cuerpo de la anciana. De repente me parece mucho más mayor de lo que recordaba. Sin maquillar, sin peinar, sin aliento; una gran mujer, dueña de su casa. Bien arreglada, muy elegante, ocultando en todo momento esos años de más. Yo la había creído siempre una mujer muy fuerte. La envidiaba. La envidio. La respetaba, la admiraba. Ahora no sé muy bien lo que siento. Me parece poco más que un despojo ensangrentado. Pesa demasiado. Grito. Se me resbala de las manos. La sangre es abundante ya. Cae de mi regazo. El cuchillo sigue clavado en su espalda. O tal vez sea un abrecartas, no estoy segura. Sí, desde luego parece un abrecartas. Fue lo único que pude encontrar. Choca ruidosamente contra el suelo, de costado, acompañada de un sonido de chapoteo, salpica en el gran charco de sangre, me pone perdida. Me miro las manos empa...

¿Cuál es la buena? ¿La de cal o la de arena?

Reconozco que estaba nervioso. Si dos o tres años antes me hubiesen dicho que acabaría a las tantas de la madrugada en la entrada de un pub apagado y oculto entre las calles más remotas de un barrio apartado y poco recomendable de los suburbios de Cardiff, esperando a una cita misteriosa con quien apenas había charlado un par de veces... bueno, la verdad es que sí que me lo hubiese creído. Estuve esperando hasta media noche, apurando una jarra de cerveza fría que no me llegué a terminar. Me aferré bien la gabardina al cuerpo cuando una ráfaga de viento me envolvió, helándome hasta los huesos. Todo estaba muy oscuro. Apenas se distinguía la tenue luz del farol que alumbraba el interior de la taberna. No había luna ni estrellas. Cuanto más tiempo pasaba, más fuerte era mi deseo de volver a casa; pero en el fondo de mi corazón no abandonaba la esperanza de que apareciese. Como ya he mencionado, estuve esperando hasta media noche, momento en que me resigné y me fui. Tardé más de...

Aγαπάω (Segunda parte)

Último día de vacaciones. Me embargaba aquella sensación típica de los domingos por la tarde, cuando ves que se te ha acabado el tiempo y el lunes llama a tu puerta, llenándote la cabeza de pensamientos angustiosos, recordando todas esas cosas con las que tienes que volver a cargar. Pero para mí se trataba de algo más que el peso de los estudios o seguir con el día a día. Cogí aire profundamente mientras veía el reflejo del atardecer en la ventana. Mis dos semanas de reflexión habían pasado más rápido de lo que me había imaginado. Esperaba que ocurriese como en las películas americanas, esas en las que en el último momento el protagonista saca las fuerzas que le han faltado durante el resto de la trama y se ve preparado para enfrentarse a todo. Pues bien: no fue así. Desde que me levanté por la mañana, las pocas ganas que tenía se fueron desvaneciendo conforme giraban las manecillas del reloj. Enlace de compra (Amazon)

Aγαπάω (Primera parte)

Yo ya lo sabía. Lo sabía desde el principio, no soy tan tonta. Lo sabía y me lo repetí a mí misma una y otra vez. Qué frustrante resulta cuando tu cabeza sabe algo y, por más que lo intentas, tu corazón es incapaz de creérselo. Sentirse impotente ante el hecho de conocer a alguien, saber cómo es y lo que acabará haciendo. Siempre fui consciente de que encapricharme con él me haría daño. Desde el momento en que lo vi, lo supe. No obstante, por mucho que lo intenté, caí. Caí y cada vez que me hablaba conseguía, sin casi decir nada, hacerme creer que había una mínima y remota esperanza de que cambiase. Pero él no cambió. Claro que no. Y lo peor fue eso: que siempre supe que no iba a hacerlo y sin embargo me dolió tanto... me dolió tantísimo... Aquella noche, mi mente racional volvió a la carga al recordarme que llorar por alguien como él era una estupidez y representaba la dependencia obsesiva y enfermiza de un estereotipo clasista e insultante para la mujer como era estar colada por...

Gilbert y Katherine

La calle principal, completamente concurrida; como era de esperar del centro de Munich. Unas campanadas lejanas me taladran el oído. ¡Las cinco! No sé cómo ni de dónde, me asalta una señora, choca conmigo y todos los papeles que había de llevar al ayuntamiento caen al suelo, junto con la compra de la campesina. La mujer está a punto de bufarme cuando se para, me mira y se muerde la lengua. –Pe... perdone, señorita Eisenberg. Enlace de compra (Amazon)

Barrio Salamanca

La primera vez que pisé el barrio Salamanca fue cuando tenía ocho años. Mi padre nos abandonó cuando yo era muy pequeña y mi madre trabajaba en un taller de costura. Como no podía permitirse una niñera, después del colegio una vecina me llevaba hasta el taller de costura donde trabajaba y la acompañaba el día entero. Al principio todo me parecía maravilloso. Me perdía entre las telas llenas de pliegues y estampados coloridos, algunas suaves y otras más rasposas, bordadas o lisas. Hilos de todos los tonos inimaginables y un mar de botones, todos distintos y todos bonitos. Mi madre estaba siempre cosiendo y aunque me permitía curiosear un poco, no me dejaba tocar nada, y acababa cansándome a las pocas horas. Así que normalmente pasaba la tarde en un parque que había justo enfrente del taller, que tenía un banquito bajo la sombra de un árbol, una fuente que goteaba, un tobogán de metal y un pequeño columpio. La calle no era muy transitada y nunca tuve ningún problema. Pero un d...

Princesa de Biblioteca

Muy poca gente lo sabe, pero los libros tienen una capacidad asombrosa. Pueden hacer cosas fascinantes. Algunos te llevan a lugares exóticos, otros te dan a conocer criaturas fantásticas, gente nueva. Paisajes increíbles, hechos extraños, culturas sorprendentes. Vivir aventuras maravillosas. Los sucesos más extraordinarios que se puedan imaginar, en la palma de la mano. El aire que se levanta cuando ojeas rápidamente las páginas, ese olor que te embriaga, te llena por completo como un sutil avance, apenas un susurro casi imperceptible, de la historia que uno sostiene entre sus dedos. La oscura tinta impregnada en las hojas, como si siempre hubiera estado ahí, como si nadie hubiese impreso las palabras; como si formasen parte del papel desde siempre. El tacto de las páginas, de las tapas, cuando se acarician con las yemas de los dedos y con el cuidado de quien posee el más valioso de los tesoros. Para una persona que ama los libros de esa manera, ¿Podrías imaginar lo que supondría no...