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Mostrando las entradas etiquetadas como Palabras que se escapan en cada viruta

Palabras

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Las palabras son amigas traicioneras, amantes caprichosas. Son compañeras antojadizas y enemigas vanidosas. Las palabras van y vienen. Se quedan cuando no las ven y huyen cuando las quieren. Sin decir adiós. Se pasean entre tus dedos, con una sonrisa embrujada, para caer como la arena, para desaparecer como si nada. Lápiz, fiel paladín, ¿Por qué no puedes traerlas a mí? Moriría enterrada en palabras. La tinta corre, la sangre brota. Lápiz, inmóvil; afronto la derrota. Solo conozco una ley absoluta: Irrecuperables... Enlace de compra (Amazon) ©

Arturito Oller Carvajo

La campanilla que colgaba sobre la puerta de la entrada sonó y advirtió a Carmen de que alguien había llegado a la casa. De haber sucedido apenas unos minutos antes no la hubiese escuchado, ya que tenía la escandalosa campana al máximo rendimiento sobre la vitrocerámica mientras faenaba. Pero era su primer día de trabajo como asistenta del hogar y tenía la comida lista y la mesa puesta justo a tiempo, preparada para el pequeño Arturo, que llegaba exactamente a las tres en punto del colegio. Se abrió la puerta de la cocina y Carmen ya estaba lista, con el mandil puesto, las manos a la espalda, una amable sonrisa en los labios y dispuesta a conocer a Arturito y causarle una buena impresión. Entró un muchacho escuchimizado, con un chándal amplio, la tez pálida y aspecto muy sereno. La miró con ojos curiosos, pero calmado e inalterable. Su gesto no varió ni un poco y continuó igual de inexpresivo, totalmente impasible. Parecía un chiquillo muy tranquilo y algo pequeño para tener doce años...

Más fuerte que la sangre

Querida hermana: Mi querida, queridísima Va. Pronto habrán pasado tres años desde el día que desembarqué en Hidden Hope y seis desde la última vez que te vi. Ya te hablé en cartas anteriores de mi vida aquí. Aunque ni siquiera pudiera conocer con certeza si éstas llegan a tus manos, lamentablemente, sé que así es. Hacía ya mucho tiempo que no te escribía, mi amada Va, y había pensado en desistir. Quizás ese fuese tu objetivo, hermana, por algún motivo que no alcanzo a conocer. Pero me temo que no puedo renegar de ti, y que he de volver ahora a escribirte puesto que hay algo realmente importante que debo comunicarte. Desde el momento en que nos separamos, aquel mediodía en la costa, muchas cosas han cambiado. No era yo más que una niña de doce años escasos, asomada a la cubierta del barco, sola entre marineros, a punto de separarme de nuestro hogar. De ti, mi única familia. Bien es cierto que no he vuelto a tener noticia tuya y que nada se de ti ni de tu vida. Pero conti...

El Contratista de la flor de papel

Se cuenta que, allá por el siglo XIX, había hombres y mujeres que se dedicaban a todo aquello que no podía hacer nadie. Los Contratistas, quienes arriesgaban sus vidas por a saber qué extravagante y misterioso fin. Que no tenían ataduras hacia nada ni nadie, ajenos a la ley convencional y, seguramente, carentes de ninguna. De los que eran tan solo un puñado en este mundo, los pocos, se dejaron la piel para conseguir el título; los muchos, la vida. Nadie sabe cómo, en qué lugar, quién era el supervisor de tan brutal prueba, ni en qué consistía. Muchos se preguntan, si acaso existiese, dónde estaría su gremio. Tal era la fuerza y habilidad que mostraban, que a veces la condición humana no era bastante para contentar a los narradores de las historias, las leyendas populares y los mitos que terminaron convirtiéndose en el velo que cubrió tan inconcebible oficio. Así, los Contratistas acabaron debatiéndose entre la admiración, respeto y profundo miedo de algunos y el escepticismo, incr...

Viuda negra

Lo más duro que hice en mi vida fue renunciar a lo que quería. No volveré a hacer algo así. Jamás. Contemplo horrorizada el líquido rojo brotando a borbotones del cuerpo de la anciana. De repente me parece mucho más mayor de lo que recordaba. Sin maquillar, sin peinar, sin aliento; una gran mujer, dueña de su casa. Bien arreglada, muy elegante, ocultando en todo momento esos años de más. Yo la había creído siempre una mujer muy fuerte. La envidiaba. La envidio. La respetaba, la admiraba. Ahora no sé muy bien lo que siento. Me parece poco más que un despojo ensangrentado. Pesa demasiado. Grito. Se me resbala de las manos. La sangre es abundante ya. Cae de mi regazo. El cuchillo sigue clavado en su espalda. O tal vez sea un abrecartas, no estoy segura. Sí, desde luego parece un abrecartas. Fue lo único que pude encontrar. Choca ruidosamente contra el suelo, de costado, acompañada de un sonido de chapoteo, salpica en el gran charco de sangre, me pone perdida. Me miro las manos empa...

A los ojos de Lucía

–¡Mamá! ¡Mamá! ¡En la pista hay un hombre corriendo detrás de nosotros! En la pista hay un... ¿Cómo? Me asomé rápidamente a la ventanilla, pero el ala del avión me tapaba la vista y para cuando aterrizamos del todo, no vi nada. Me juego esa alianza que nunca me regalaron a que se lo había inventado el niño. Ni si quiera sé por qué le hice caso; ese crío llevaba gritando chorradas desde que despegamos: «¡Mamá! Esa azafata lleva la falda muy corta», «¡Mamá! ¡Mira! Ese señor es como el de las bombas que dijeron en la tele», «¡Mamá! ¡Mamá! ¡Esa nube me está mirando!», «¡Mira! ¡Mamá, mira! Mira la de humo que sale del motor». Mamá, mamá, mamá, mamá... En el vuelo tuvimos más de un percance con ese maldito mocoso, pero a su madre no le importaba lo mas mínimo. Hacía rato que se había puesto los cascos y pasaba rotundamente del enano. Y cuando veía que no le hacía caso, se enfurruñaba y me daba patadas en el asiento. No me malinterpreten, me encantan los niños. No los odio. No mucho....

SMS

Redactar Para:   Enviar a todos mis contactos Introducir mensaje: (15:06) Xfiiiiiiiin!! Ya tengo movil nuevooooo!! Bandeja de entrada (08-09-2014) Tata (15:15) Ya puedes cuidarlo bien. A mí no me comparon uno hasta los 18! Este finde nos vemos hermanita :) + 555 35 79 08: (15:23) Genial!! Enorabuena guapa! Lidia hermana Jorge: (15:24) :D Bien! Jorge Castro: (15:40) Ya era ora maja! K llebas asi como medio mes incomunicada :P Mama: (15:44) Por ahora. ¡Qué poco has tardado en encenderlo! Pero ya conoces las normas. Con moderación. Lo primero los estudios. En cuanto vea que te pasas piérdete de él. (15:45) Despídete*        Re: Que siiiiiii mama + 555 44 71 89: (17:00) pues ok.        Opciones: Bloquear contacto Tía Tecla: (17:32) ¡Qué bien cariño! Así podremos escribirnos ;) David< 3: (20:19) Bestial princesa! haber si asi kedamos + no?? Te e echado d - quiero vert!!        R...

¿Cuál es la buena? ¿La de cal o la de arena?

Reconozco que estaba nervioso. Si dos o tres años antes me hubiesen dicho que acabaría a las tantas de la madrugada en la entrada de un pub apagado y oculto entre las calles más remotas de un barrio apartado y poco recomendable de los suburbios de Cardiff, esperando a una cita misteriosa con quien apenas había charlado un par de veces... bueno, la verdad es que sí que me lo hubiese creído. Estuve esperando hasta media noche, apurando una jarra de cerveza fría que no me llegué a terminar. Me aferré bien la gabardina al cuerpo cuando una ráfaga de viento me envolvió, helándome hasta los huesos. Todo estaba muy oscuro. Apenas se distinguía la tenue luz del farol que alumbraba el interior de la taberna. No había luna ni estrellas. Cuanto más tiempo pasaba, más fuerte era mi deseo de volver a casa; pero en el fondo de mi corazón no abandonaba la esperanza de que apareciese. Como ya he mencionado, estuve esperando hasta media noche, momento en que me resigné y me fui. Tardé más de...

El médico

El médico entrelazó sus manos, pensativo. Los papeles que debía firmar estaban repartidos por el escritorio de su despacho. Horas pudo pasar inmóvil, con los ojos cansados, fijos en las letras pero sin llegar a leer nada. No tenía fuerzas, o tal vez no tenía ganas. Pero el médico no podía hacer otra cosa. Pensar y pensar. A veces en algo, otras veces dejaba la mente en blanco y no pensaba en nada. No obstante, la pereza, la sensación de pesadez, no desaparecían. Y continuaba quieto, recostado sobre su mesa. Enlace de compra (Amazon)

Craco

Feliz año nuevo. Era una de esas noches de rasca en las que el frío se te pega a los huesos y no te abandona, pero eso no evitó que todo el pueblo se reuniese en la plaza para celebrar conjuntamente el nuevo año. Los jóvenes habían repartido hogueras por los alrededores, donde se arremolinaban los niños y ancianos para calentarse. Recuerdo a mi abuela, sentada en su butaca y bien envuelta en su chal, con las piernas tapadas por una colcha que compartía con sus amigas. Las ancianas reían y charlaban, algunas cosían y la mayoría bebían, como el resto del pueblo. Mi madre y mi tío bailaban juntos en medio de la plaza, mientras los vecinos les aplaudían y animaban en corrillo a la pareja de hermanos. Era bonito ver a mi madre divertirse así, como ya no solía hacerlo desde la muerte de mi padre. Además, eran los mejores bailarines del pueblo; al ser mellizos, tenían la misma edad, y para más inri la misma altura y un aspecto muy similar. Los faldones de mi madre se balanceaban con...

Aγαπάω (Segunda parte)

Último día de vacaciones. Me embargaba aquella sensación típica de los domingos por la tarde, cuando ves que se te ha acabado el tiempo y el lunes llama a tu puerta, llenándote la cabeza de pensamientos angustiosos, recordando todas esas cosas con las que tienes que volver a cargar. Pero para mí se trataba de algo más que el peso de los estudios o seguir con el día a día. Cogí aire profundamente mientras veía el reflejo del atardecer en la ventana. Mis dos semanas de reflexión habían pasado más rápido de lo que me había imaginado. Esperaba que ocurriese como en las películas americanas, esas en las que en el último momento el protagonista saca las fuerzas que le han faltado durante el resto de la trama y se ve preparado para enfrentarse a todo. Pues bien: no fue así. Desde que me levanté por la mañana, las pocas ganas que tenía se fueron desvaneciendo conforme giraban las manecillas del reloj. Enlace de compra (Amazon)

Aγαπάω (Primera parte)

Yo ya lo sabía. Lo sabía desde el principio, no soy tan tonta. Lo sabía y me lo repetí a mí misma una y otra vez. Qué frustrante resulta cuando tu cabeza sabe algo y, por más que lo intentas, tu corazón es incapaz de creérselo. Sentirse impotente ante el hecho de conocer a alguien, saber cómo es y lo que acabará haciendo. Siempre fui consciente de que encapricharme con él me haría daño. Desde el momento en que lo vi, lo supe. No obstante, por mucho que lo intenté, caí. Caí y cada vez que me hablaba conseguía, sin casi decir nada, hacerme creer que había una mínima y remota esperanza de que cambiase. Pero él no cambió. Claro que no. Y lo peor fue eso: que siempre supe que no iba a hacerlo y sin embargo me dolió tanto... me dolió tantísimo... Aquella noche, mi mente racional volvió a la carga al recordarme que llorar por alguien como él era una estupidez y representaba la dependencia obsesiva y enfermiza de un estereotipo clasista e insultante para la mujer como era estar colada por...

Principio o Final

El día se tornaba nublado. El cielo gris no amenazaba con lluvia ni tampoco oscurecía del todo. Daba sensación de eterno atardecer, en el que no hay suficiente luz para ser día ni bastante oscuridad para ser noche. La joven bajó del carruaje y escuchó el ruido del guijo al apoyar sus pies en el suelo. A cada movimiento, la grava crujía; nada frente al trueno lejano que se presentó a continuación. Uno de los caballos relinchó y el cochero tiró con fuerza de las riendas acompañando el gesto de un lánguido “Sooo”. El tronido sonó muy tenue, pero al final de un mar de nubes cenicientas ya se distinguía el coágulo oscuro que avisaba de la inminente llegada de la tormenta. El caballo se alteró nuevamente. Tras calmarlo, el chófer desmontó y se apresuró a coger el equipaje. Entre tanto, los ojos de la chica se movían vivaces, encaramando su mirada a las paredes, y acabaron posándose en una de las múltiples ventanas desde la que, estaba segura, hacía tiempo que alguien la observaba. ...

Gilbert y Katherine

La calle principal, completamente concurrida; como era de esperar del centro de Munich. Unas campanadas lejanas me taladran el oído. ¡Las cinco! No sé cómo ni de dónde, me asalta una señora, choca conmigo y todos los papeles que había de llevar al ayuntamiento caen al suelo, junto con la compra de la campesina. La mujer está a punto de bufarme cuando se para, me mira y se muerde la lengua. –Pe... perdone, señorita Eisenberg. Enlace de compra (Amazon)

Barrio Salamanca

La primera vez que pisé el barrio Salamanca fue cuando tenía ocho años. Mi padre nos abandonó cuando yo era muy pequeña y mi madre trabajaba en un taller de costura. Como no podía permitirse una niñera, después del colegio una vecina me llevaba hasta el taller de costura donde trabajaba y la acompañaba el día entero. Al principio todo me parecía maravilloso. Me perdía entre las telas llenas de pliegues y estampados coloridos, algunas suaves y otras más rasposas, bordadas o lisas. Hilos de todos los tonos inimaginables y un mar de botones, todos distintos y todos bonitos. Mi madre estaba siempre cosiendo y aunque me permitía curiosear un poco, no me dejaba tocar nada, y acababa cansándome a las pocas horas. Así que normalmente pasaba la tarde en un parque que había justo enfrente del taller, que tenía un banquito bajo la sombra de un árbol, una fuente que goteaba, un tobogán de metal y un pequeño columpio. La calle no era muy transitada y nunca tuve ningún problema. Pero un d...

Princesa de Biblioteca

Muy poca gente lo sabe, pero los libros tienen una capacidad asombrosa. Pueden hacer cosas fascinantes. Algunos te llevan a lugares exóticos, otros te dan a conocer criaturas fantásticas, gente nueva. Paisajes increíbles, hechos extraños, culturas sorprendentes. Vivir aventuras maravillosas. Los sucesos más extraordinarios que se puedan imaginar, en la palma de la mano. El aire que se levanta cuando ojeas rápidamente las páginas, ese olor que te embriaga, te llena por completo como un sutil avance, apenas un susurro casi imperceptible, de la historia que uno sostiene entre sus dedos. La oscura tinta impregnada en las hojas, como si siempre hubiera estado ahí, como si nadie hubiese impreso las palabras; como si formasen parte del papel desde siempre. El tacto de las páginas, de las tapas, cuando se acarician con las yemas de los dedos y con el cuidado de quien posee el más valioso de los tesoros. Para una persona que ama los libros de esa manera, ¿Podrías imaginar lo que supondría no...